Hay días que uno no se va a olvidar más, son esos en los que pasan esas cosas que uno no espera. El 10 de enero fue uno de esos días. Sonó la alarma de mi celular. Hacía calor, el sol brillaba mucho por ser las 7 de la mañana. Cuando terminé de desayunar se me ocurrió mirar todas las notificaciones de Facebook. Una amiga me había posteado en mi muro algo que volví a leer 6 veces, porque pensé que estaba equivocada, que había leído mal. David Bowie estaba muerto, partió con 69 años y por causa del cáncer. Me quedé mirando el piso, tratando de entender lo que pasaba, y con un nudo en la garganta. Tenía una tristeza muy grande, todas las redes sociales se colmaron de fotos, videos y mensajes que transmitían la pérdida tan grande que muchos sufríamos y sentíamos. Creo que el común denominador era la tristeza, el asombro, algo que duro muchos días y que al llegar a un mes de su partida todavía sentimos.

Se me vinieron tantas cosas a la mente, tantos recuerdos. Me acordé de la primera vez que Bowie me hipnotizó, yo tenía 4 años y mi hermano alquiló una película. Me llamó para que la viéramos juntos, yo no estaba muy convencida. Me senté al lado de él y cuando transcurrieron un poco menos de 10 minutos apareció él.
Vestido con un pantalón de cuero, una camisa y chaleco también de cuero. El pelo rubio y unos ojos azules que me llamaron mucho la atención. Labyrinth era la película. Para cuando Bowie bailaba y cantaba uno de los temas más entretenidos y distintivos, Magic Dance, ahí supe que ya no había vuelta a atrás. Me había enamorado, quería más de él, de su música, de su estilo.

Los años pasaron, y yo fui creciendo. Al avanzar los años mi devoción aumentó de una manera muy grande. Desde los 70 empezó a conquistar a las personas, muchos se sintieron atraídos por ese estilo único que no sólo sobresalía por combinar la elegancia con el glam rock, era dueño de un talento descomunal.
De la mano de Ziggy Stardust, Bowie mezcló lo andrógino, la presencia escénica, estética y la inclinación por la actuación que más tarde veríamos en las demás películas que protagonizó y participó.

Muchos artistas se destacan, conmueven, transmiten, pero Bowie se aggiornó a todas las épocas, uno podía pasar por todos los estados anímicos al escucharlo y verlo. Hacía más de 1 año y medio que padecía cáncer, ya para octubre del año pasado todos los portales de música anunciaban su retiro de los escenarios. Es bastante escalofriante Y muy movilízate pensar que cuando salió Blackstar, el día de su cumpleaños y 2 antes de que nos deje, algunos de sus temas tengan pasajes donde parece que nos diera un mensaje de que muy pronto se iría.
El Duque Blanco, se fue, dejó esa sensación de vacío. Hay personas que brillan, pero Bowie enceguecía, Ziggy volvió a su planeta, ya pasó un mes. Durante estos 30 días escuché en muchas en conversaciones que muchos sentimos esa sensación que aún perdura. Una nostalgia agridulce. Hasta en sus últimos momentos, en las fotos que se sacó para la promoción de Blackstar, Bowie nos regaló una sonrisa mágica. De traje gris, sonríe. Un héroe sabe cuándo es el momento de partir, con la misma elegancia, y luz con la que llegó, se va.