Surgió hace más de una década en un pequeño poblado de Veracruz y actualmente funciona en 16 de los 32 estados de México. Se llama “túmin”, que significa dinero en lengua totonaca, es una moneda de trueque, y ha servido para reactivar la economía en zonas indigenas, agrícolas y de explotación petrolera. Su objetivo no es sustituir el peso, sino que busca crear una red solidaria que fortalezca las comunidades locales.

Se trata de pequeños vales con valores de 1, 2, 5 y 20 pesos, y fue la solución propuesta para solventar una situación en Espinal, donde la población campesina tenía productos para ofrecer pero faltaba dinero para intercambiarlos. Con su existencia se facilita la compra de productos en tiendas, cuyos dueños se han solidarizado aceptando túmins como parte de pago. Juan Castro Soto, uno de los impulsores del proyecto, explicó que “la gente cuando entra al túmin pasa de ser un cliente a un compañero. Estamos acostumbrados a competir, es un shock ideológico de repente tener que compartir y ayudarnos, más tratándose de comerciantes”.

Juan Castro Soto y los otros promotores de la moneda recibieron una denuncia de Banxico, la autoridad monetaria del país, que argumentaba que la Constitución le garantiza el monopolio exclusivo en la “acuñación de moneda y emisión de billetes”. Sin embargo, el proyecto estaría avalado por el segundo articulo de la Carta Magna que garantiza a los pueblos y comunidades indígenas el derecho a decidir de manera autónoma su forma interna de organización económica. Además Castro Soto aclaró que no son los únicos ni los primeros en proponer soluciones similares en México o en el mundo: hay cerca de cuatro mil monedas autóctonas en el mundo, como los Créditos, en Argentina; los Ithaka Hours, en Estados Unidos y el LETS, en Canadá.

El proyecto tuvo origen en la Universidad Veracruzana Intercontinental en Espinal, que pidió a sus alumnos que trabajaran directamente con el pueblo y sus necesidades. Al ver sus problemas, diagnosticaron que allí había productos (naranja, café, etc) pero “están parados porque los campesinos no tienen capacidad de competir con los grandes mercados”. Es una zona de gran riqueza, pero la gente no tiene acceso a ella, por carecer de dinero común. Se decidió que una moneda comunitaria que circulase internamente lo solucionaría, activando el consumo de productos, abaratando costos y promoviendo los intercambios. Abarroteros, pescadores, comerciantes de cítricos, tortilleros, dueños de farmacias, de ferreterías, veterinarios, doctores generales y dentistas, entre otros, son quienes se benefician día a día de su uso y hacen trueque con sus productos.

“Es un sistema complementario que ayuda a la gente a aprovechar la riqueza de los productos que cultiva y los productos que elabora. Y surge de la necesidad de la gente de impulsar su comercio y tener dinero para vivir”, aseguró Juan Castro Soto. Además, aclaró que la iniciativa se debe a que “nos sentíamos esclavizados al mundo del dinero. Queremos recuperar la función social a través del instrumento del intercambio”.