El bar “Los Galgos” se encuentra ubicado en Avda Callao Nro 501, esquina Lavalle, de la Ciudad de Buenos Aires, a pocas cuadras del Palacio de Tribunales.
El local reabrió sus puertas, luego de varios años, el 1 de diciembre de 2015. La reapertura estuvo a cargo de la sociedad conformada por Julián Díaz, somellier, bartender y cocinero, y Florencia Capella, diseñadora gráfica e ilustradora multipremiada en todo el mundo.
Como dato curioso podemos comentar que Julián, de pequeño, era uno de sus habitué.
Julián y Florencia también son dueños del bar 878 ubicado en Villa Crespo, otro estilo de bar, también muy conocido, y con una trayectoria de 15 años. Según sus responsables, ambos bares, si bien tienen características, dinámicas y públicos distintos “apuntan mucho a la calidad”.
El local cuenta con alrededor de 20 empleados, divididos en dos turnos (día y noche) y en lo que respecta a sus funciones: cocina, barra, salón y caja. Cuenta además con una capacidad de 50 asistentes en la planta baja y la misma capacidad para el nivel superior.

Reconstrucción del bar de manos de los actuales dueños

Según nos manifestó Tomás Heffernan, su encargado, la reconstrucción de Los Galgos para sus actuales dueños resultó “de lo más laborioso como también satisfactorio”.
En efecto, el bar estaba casi desmantelado. Algunas cosas se pudieron recuperar, como la madera de las paredes, pero para completar la reconstrucción, debieron recurrir a los remates. Los baños, se hicieron a nuevo pero conservando puertas, tratando de respetar lo máximo posible el estilo.
En lo relativo a la barra, ésta es la original. La misma debió correrse hacia la izquierda para dar paso a la cocina que se agregó a fin de ampliar el servicio. Anteriormente, el bar brindaba solo servicio de cafetería, bebidas, sandwiches fríos y tostados, y picadas.
Hoy podemos observar sobre el mobiliario ubicado detrás de la barra solo un galgo de color blanco. En sus orígenes había uno blanco y uno negro. El negro quedó para la familia Ramos que quiso conservarlo al momento de producirse la venta del local.

Entre los objetos antiguos se puede observar un recipiente de agua de vidrio sobre una mesa contra la ventana que da a Callao, el mismo contiene el agua que se acompaña con el café.

Se puede decir que durante el proceso de su puesta en valor se trató de mantener la estética, ese estilo vintage que caracteriza al bar tal como se concebió.

 

 

 

El bar como función social

En la actualidad sus responsables hacen mucho hincapié a los que es la iluminación y la música, la música va variando según los momentos del día. Se comienza la mañana con música tranquila, para que la gente se pueda relajar, trabajar y leer. Más tarde, se va subiendo la intensidad. A la hora del vermut se escucha funky o algo divertido y luego para la cena un poco de jazz.
Tomás junto al resto del personal, trata de estar en todos los detalles.
Respecto al público asistente éste es muy variado, a la mañana hay cierto público, a la tarde y a la noche otro distinto. La brecha va desde gente mayor, parroquianos del barrio que concurren a desayunar, hasta jóvenes que concurren a tomar un vermut o cenar en pareja.
Quienes están al frente del bar lo ven “como una cuestión social, que no se limita a vender café, sino un punto de encuentro: se arman parejas, se desarman parejas, se firman contratos, se estudia para un exámen… el bar cumple muchas funciones.

Comida a la carta como la de la abuela
En lo relativo al turismo, el bar figura en el Portal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por ser un bar notable, lo que colabora a que concurra gente de variada procedencia.


En cuanto a los gustos de los turistas, éstos suelen solicitar la comida porteña clásica, dado que no se sirve nada muy sofisticado: tortilla de papas, milanesa con huevo frito y papas fritas. También les gusta mucho el vermut.
Le preguntamos a Tomás qué plato nos recomendaría: “Las pastas son muy ricas, yo las recomendaría, las carnes y lo típico del tapeo: tortillas de papas, buñuelos de acelga, matambre casero con ensalada rusa. Toda comida como la de la abuela”. También hizo hincapié en la calidad de la materia prima utilizada y en su tratamiento. Agregó que tanto el pan, como las pastas y las medialunas son elaboradas en el bar.

 

 

El nivel superior: “La vermutería”
En el nivel superior “La vermutería”, tiene una barra con buena coctelería, con muchas botellas. El espacio se alquila para eventos especiales como presentaciones de libros por ejemplo. Ésta funciona de martes a sábados a partir de las 18, con la hora vermut 2×1 que rige de 18 a 20. En ese nivel también se sirve triolet para picar algo y cena.

El bar se encuentra a metros del Teatro Picadero entre otros. El público concurre al mismo antes o después de la función por una picada o para cenar, por lo general se reserva mesa.
Su historia
La pintoresca construcción de dos plantas, fue edificada por la familia Lezama a fines de 1880 para ser utilizada como vivienda. La misma ocupaba en ese entonces prácticamente media manzana.
Luego, pasa a ser local comercial instalándose allí la empresa Singer, dedicada al ensamblado y venta de las máquinas de coser. Uno puede observar en la puerta de la entrada principal, aún la actualidad, el mármol con la leyenda “Singer”, como huella de esa época.
En los años 30, se funda en dichas instalaciones el bar, de la mano de unos asturianos, quienes le colocaron el nombre en honor a las carreras de galgos. Según Tomás, “este es un muy buen nombre para un bar, dado que el galgo es un animal raro, se trata de un perro que tiene características de caballo, da sensación de elegancia”.
Más tarde, en el año 1948, lo adquiere un señor de apellido Ramos, hombre dedicado a la venta de bebidas alcóholicas. Ramos tenía dos hijos y fueron quienes después de él siguieron con la historia de “Los Galgos”. Éstos fueron los dueños más reconocidos. La familia estuvo a cargo del bar por aproximadamente 60 años. Al fallecer los hermanos Ramos, sus herederos no quisieron continuar con el negocio y por tal motivo lo cerraron.
Respecto a los habitué famosos, el local vio pasar a Enrique Santos Discépolo, a Arturo Frondizi, a Lucas Prodan del grupo Sumo, entre otros. Allí también se conformó, reunión de por medio en sus instalaciones, hace 50 años, la Jazz Band que aún sigue vigente.
Unos de sus más importantes habitués, Santos Discépolo se inspiró en “Los Galgos” para su tango “Cafetín de Buenos Aires”.
“Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires, si sos lo único en la vida,
que se pareció a mi vieja?
(…)
“Sobre tus mesas que nunca preguntan,
lloré una tarde el primer desengaño,
nací a las penas, bebí mis años…
y me entregué sin luchar!