Por: Ramiro Espona y Guido Berbery

Los subtes y las calles porteñas están llenos de músicos que se ganan la vida interpretando canciones con sus instrumentos. La edad y los géneros musicales son totalmente variados. La calle Florida, ubicada en el microcentro porteño y reconocida por ser pisada diariamente por miles de personas, se convirtió en el escenario de muchos músicos. Uno de estos es Miguel (44), nacido en Perú y amante de la música andina.

El sol del mediodía se muestra fuerte en el barrio de San Nicolás. Muchas personas transitan las calles con mucho apuro, mientras que otras miran vidrieras buscando algún precio o artículo de interés. Es la calle Florida. Las casas de comidas rápidas explotan de gente, hay personas estratégicamente paradas mostrando carteles de turismo y no faltan las que con una palabra repetida dos veces y en tono bajo buscan la atención de quien circula: “Cambio, cambio”. La luz solar se torna molesta para el que está parado. Miguel se encuentra pegado a una pared donde esta radiante luz no lo molesta. Puede trabajar tranquilo. De tez morena, está vestido con un sweater celeste y un pantalón marrón combinado con unos zapatos del mismo color. El espacio que ocupa es reducido, lleva consigo un maletín junto a un pie para apoyarlo, un micrófono y un amplificador que está sobre una especie de chango que hace fácil el transporte del equipo. El maletín está abierto, ahí es donde transporta su sikus, el aerófono, la quena y el quenacho. Sobre el amplificador hay una cajita de color claro que contiene algunos billetes y monedas que la gente le dejó por su trabajo. Es así que trabaja hace ocho años en el mismo lugar, aunque más de 20 en las calles. La música es lo que lo apasiona, aunque sabe que en las calles la cosa no anda bien: “Hoy en día está muy tirante, la calle es así, un día te va bien y un día te va mal. No hay promedio, a veces me llevo 200 o 250 pesos y a veces nada. Pienso dejar esto porque está cada vez más difícil.”, dice Miguel con una sonrisa que lo acompaña en cada palabra que dice. Aunque sabe que con su edad es muy difícil buscar otro trabajo. El respeto hacia el otro es fundamental y Miguel cumple con esto. Cuando prende su amplificador trata de tocar en un volumen no muy alto para no molestar a los locales que están cerca: “Siempre traté de convivir acá con los negocios ya que cuando uno sale a la calle tiene que tener convivencia con todos. Así que trato de cuidar el volumen del sonido, tratando de no pasar el límite”.

La música como estilo de vida

Miguel estudia en la Escuela de Música de Buenos Aires. Allí se perfecciona musicalmente ya que empezó a tocar de oído. Lo que lo empujó a salir a tocar fue la muerte inesperada de su padre, un chofer interprovincial que con 49 años tuvo un accidente y dejo a sus cinco hijos. Miguel es el más grande de los hermanos, salió a tocar en su país y con el tiempo logró mostrar su cultura en diferentes sociedades. Lo que a este músico lo influenció fue escuchar a Los Jaivas y Los Kjarkas. Estos últimos, de origen boliviano, le regalaban discos a su padre cuando este viajaba por las rutas de norte. Fue así como la música andina entró en su ser. Muchos de sus amigos le preguntaban el porqué de su preferencia musical, ya que la mayoría toca y escucha cumbia peruana y salsa. Miguel reconoce que está encerrado en la música andina, aunque en la EMBA lo hacen escuchar géneros como el jazz. Charly García y Peteco Carabajal son sus artistas preferidos argentinos. Actualmente toca en un grupo, integrado por seis compañeros bolivianos, llamado “Pukainti”, donde es contratado en peñas, cumpleaños y centros culturales. Además da clases para tener otro ingreso. Su vida depende de la música, su vida es la música.

“Una vez se me acercó un compañero Entrerriano con un instrumento de su lugar. Me preguntó si podía tocar conmigo y acepté. El instrumento no tenía ningún agujero, solo un cañito que para tocar lo movía para adelante y atrás”, dice Miguel, sorprendido y sonriendo.

En su juventud, Miguel tomaba a la música como un hobby. Siempre pensaba en estudiar una carrera universitaria luego de sus cumplidos estudios secundarios. Su amor hacia los animales lo hizo pensar en convertirse en veterinario, aunque las circunstancias de la vida no se lo permitieron. Más allá de esto, él sabe que no hay edad para estudiar. “La música me abrió muchas puertas. Conocí a músicos muy buenos y participe en peñas argentinas”, dice Miguel. Disfruta de tocar con diferentes músicos. Disfruta compartir con gente aunque esta no sea “del palo”.

¿Cómo decidiste dedicarte a la música callejera?

Es una historia larga. Soy el hermano mayor de cinco hermanos, perdí a mi viejito a temprana edad y tuve que salir a trabajar, la música al principio era un hobby. Terminé el secundario y por amigos míos que tocaban instrumentos fue que empecé con mi guitarrita. Ellos me dijeron de tocar. En esa oportunidad empecé a darle prioridad a la música, salir a buscar a mi país con la música y luego en otros lugares, mostrando un poco de mi cultura.

¿Tocas de oído?

Creo que todas las personas empiezan por el oído. Yo empecé a tocar por oído. Cuando una persona se inicia, arranca por el oído. Cuando llegué a Buenos Aires, me mandé a estudiar a la Emba, porque la música es lo que más me gusta.

¿Por qué ese instrumentos de  viento y no otro?

Porque empecé con unos amigos que tocaban cumbia peruana, yo soy de la costa de Perú. Ellos me preguntaban por qué tocaba música andina, ya que en Perú se hace cumbia y salsa. Mi viejito era chofer intraprovincial y viajaba mucho por las rutas de Perú. Cuando venía gente de Bolivia, como los Kjarkas, nos regalaban discos. Así fue que me entró la música Nadina de parte de Bolivia y terminaron por gustarme los instrumentos de viento.

¿Cuáles tocás?

Sikus, aerófono, la quena y el quenacho. Empecé por un amigo que estudiaba conmigo y tocaba el sikus, él fue mi profesor, el que me enseñó. También toco la flauta de pan, es un instrumento  en una escala mayor de bambú.

¿Cuánto se gana en la calle?

Hoy en día está muy tirante, la calle es así, un día te va bien  y un día te va mal. No hay promedio, un día te podes llevar 200 o 250 y hay otro que no hacés nada. Pienso dejar esto porque está cada vez más difícil. Siempre viví de la música, laburé en los subtes, pero como esta la cosa, hoy es difícil.

¿Qué otros trabajos tenés?

Soy cursante,  estudiante. Me falta terminar la carrera y también tengo alumnos. Actualmente estoy tocando con una banda folclórica los fines de semana, donde mayormente nos contratan. Somos un grupo de seis músicos. Mis compañeros son bolivianos. Tengo un amigo que me propuso tocar también los fines de semana, él tiene un grupo tributo a Leo Mattioli. Los trabajos de fin de semana son una entradita más. Yo trabajo de la música, estos son mis trabajos.

¿Cuándo eras chico imaginabas que ibas a trabajar de lo que te gusta?

No, no me imaginé. Perdí de repente a mi viejo a los 49 años en un accidente y siendo yo el mayor de mis hermanos tuve que salir a buscar trabajo. Yo tenía pensado terminar una carrera superior, tengo el secundario y ahora arranqué el terciario con la música. Nunca lo pensé, pero las cosas se dieron así y hoy estoy acá.

¿Qué soñabas de chico?

Siempre me gustaron los animales, quería ser veterinario. Después la música es una pasión que descubrí llevaba dentro mío. Pasaron tantos años que la música formó parte de mí, aunque nunca es tarde para estudiar. Con esto se me están abriendo muchas puertas. Participé en charangos argentinos y me relacioné con mucha gente, cosas que están muy buenas.

¿Hace cuanto tocás en la calle?

Ocho años acá en Florida. Tengo por lo menos 20 años en la calle.

¿Cómo toma la gente tu música?

Hay gente que te felicita. Es lindo saber que aprecian tu cultura. Aprecian la música andina. Es lindo recibir esas valoraciones. Hay gente muy amante de la música andina que hago y otra que no tanto, pero nunca recibí maltratos, solo halagos.

¿Tocaste con otros músicos callejeros?

Si, toqué con guitarreros. Uno que tocaba muy bien. Lo bueno de esto es que te relacionás con músicos aunque sean de otro palo. Es muy lindo.

¿Cuáles son tus referentes musicales?

Me gusta mucho lo andino. Los jaivas de chile, los kjarkas de Bolivia, de acá me gusta Peteco Carabajal. Mi viejo me trajo la música andina y de pibe me encerré en ella. De acá escucho Charly García. Siempre me gustó apreciar todo tipo de música. Ahora en la escuela me hacen escuchar mucho jazz y a veces termina por costarme por mi encierro a este género.

¿Qué fue lo más llamativo que te paso en la calle?

Una vez vino un compañero que era entrerriano y trajo un instrumento raro que era de su lugar, no tenía ningún agujero, me preguntó si quería tocar y le dije que sí. Me quedé sorprendido porque todos los instrumentos tienen algún agujero, pero este solo tenía un cañito que lo movía para atrás y adelante.

¿Tuviste problemas con la policía o la gente por el sonido?

Nunca tuve problema. Siempre traté de convivir acá con los negocios, cuando uno sale a la calle tiene que tener convivencia con todos. Así que trato de cuidar el volumen del sonido, tratando de no pasar el límite. Lo que sí me pasó es que vino la policía a pedirme que baje el volumen ya que le molestaba a las oficinas de en frente, porque sino me secuestraban las cosas. La gente de la oficina me defendió y aclaró que quienes molestaban con el sonido eran los muchachos de la banda. Hubo un momento donde no querían que hayan parlantes en las calles por el sonido, quisieron sacar a todos los músicos de Florida, pero por ahora estamos.

Si la gente quiere escucharte en lugar donde no sea la calle, ¿donde sería?

A veces recibo invitaciones a centros culturales, cumpleaños o a peñas folclóricas, donde uno toca y la gente puede ver el espectáculo. El nombre del grupo es Puka Inti, que significa sol vivo.