Con un clima ideal, llegó el día que muchos esperamos desde su confirmación en el mes de agosto, la primera visita de David Gilmour a Argentina. Eran alrededor de las 20 cuando todos nos concentramos en una peregrinación que comenzó en las esquinas de la avenidas Centenera y Márquez. Gente de 25 a 60 años, padres con sus hijos y matrimonios de más de 50 años y un mar de remeras de Pink Floyd era lo que se veía cuando caminamos en una atmósfera de euforia y alegría que nos era incontenible y así ingresamos al Hipódromo de San Isidro y llegamos a la ubicación del campo. Quienes estábamos ahí sabíamos que no tendríamos una buena vista pero aún así lo único que se nos cruzó en la mente era un solo pensamiento” Es David Gilmour, El Gordo, años esperando este momento”.

Aunque la cita era a las 21, el show comenzó pasadas las 21: 30. Las luces se apagaron y Gilmour y sus músicos salieron a tocar con esa magia que suele tener la guitarra del multifacético británico. No quedaba más que decir cuando sonó “5 AM” y todos comenzamos a tocar el cielo con las manos entre coros, gritos de elogios y aplausos. Luego siguió con dos canciones más, “Rattle That Lock”, la misma que le da el nombre a sus último trabajo discográfico y “Faces Of Stone”. La pantalla nos reveló a un Guilmour que con el pasar de los años sigue siendo un hechicero de la música. Nos unimos tres generaciones para disfrutar del sueño hecho realidad que estábamos esperando con unas ganas descomunales.
La fiesta había empezado. Con una brisa que luego se convirtió en un viento más fuerte pero fue olvidado por el fuego que provocaron el guitarrista y vocalista y su grupo integrado por: Guy Pratt bajista en el bajo quien fuera el sustito de Roger Waters, Phil Manzanera; en la guitarra (ex de RoxyMusic), Jon Carin quien también colaboró con Pink Floyd, Steven Distanislao en la batería, uno de los que más ovaciones recibió por los grandes solos que hizo, el saxofonista brasileño Joao Mello, y los majestuosos coros de Lucita Jules y Brian Chambers.
Sonaron los primeros acordes de “Wish You Where Here”, con un plano principal de Gilmour con su guitarra, el hipódromo se vino abajo en una dulce nostalgia que logro que algunos soltáramos unas lágrimas mientras coreábamos “How I wish, how I wish you were here”. Así comenzaron las interpretaciones de los temas más grandes y legendarios que convirtieron a Pink Floyd en una de las mejores bandas que todos los tiempos. “The Blue” que tiñó la pantalla con un azul más brillante y fuerte que el océano, fue seguido de “Money”. Con imágenes de dólares. El viejo sonido de la caja registradora y las monedas cayendo nos transportó a 1973. Tras una hora de recital,”High Hopes” fue el tema con el que finalizó la primer parte del concierto antes de anunciar su descanso. 18 minutos que contamos impacientes.
Vino la segunda parte. Acompañada de emblemáticos éxitos como: “Astronomy Domine”, “Shine On You Crazy Diamond”, cuya interpretación habrían puesto orgulloso a mismísimo Syd Barret. Siguieron “Fat Old Sun”, “Coming Back To Life”, “The Girl In The Yellow Dress,” “Today”, “Sorrow”, “Run Like Hell”, todo el público estalló al mismo tiempo que Guilmour.
Llegó el turno de “The Girl In The Yellow Dress. Pasando del rock psicodélico al blues. La pantalla proyectó animaciones en un tono amarillo de diferentes personas tocando el saxo. Con un Blues extremadamente poderoso todos nos quedamos en silencio. El respeto se sentía en el aire.
Llegando casi al final, ante los gritos de todos, vino el momento de “Run Like Hell”, las manos levantadas al unísono de “Run” colmaron el campo. Con el gran aporte vocal de Guy Pratt, una vez más la atmósfera llegó al pico máximo.
15 minutos antes de finalizar, David Guimour agradeció al público y dejó el escenario. El reclamo no tardó en venir. Todos gritamos hasta quedar afónicos pidiendo por él. Afortunadamente aún quedaba más fuego y magia de la mano de “Time”, con clásico sonido del reloj despertador. Siguió con “Breathe”, la antesala del momento cumbre del clímax. “Comfortably Numb” deshizo a la gente. Guilmour y sus músicos abandonaron el escenario. Las luces se encendieron. La celebración terminó con una ovación que duró alrededor de 10 minutos. Todas las expectativas fueron superadas. La noche concluyó con las emociones a flor de piel. Con una alegría inmensa, perfecta, inolvidable y única para todos los fanáticos de Gilmour y de Pink Floyd.