Natalia Asunción Poblet es todo un mito a la hora de mencionar el nombre del bar. Ella heredó de su abuelo primero y de su padre después, esta reliquia; que guarda el valor agregado de haber recibido a grandes artistas, asiduos lectores e intelectuales memorables. Con sus manos de arquitecta construyó quizás el sueño que la estaba esperando hasta el final de sus días: una herencia única cargada de historia.
Clásica y Moderna es uno de los bares notables que tienen la antigüedad de su trayectoria, allá por el año 1938, en que fue fundado como librería. Lugar que convocó en la década del 70 a escritores prohibidos. El filósofo Santiago Kovadloff la llamó: “Una Universidad en las sombras”.
En 1980 Francisco Poblet y su hermano Paco, sus primeros dueños, recibieron grandes personalidades de la talla de Jorge Luis Borges, Alejandra Pizarnik, Adolfo Bioy Casares y Manuel Mujica Lainez. Fue entonces cuando aquella librería, devenida luego café literario, atrajo a nuevos valores de la narrativa, que la eligieron para sus presentaciones a partir de la recuperación democrática de 1983. Posteriormente, “Natu Poblet” tal como se la conoce, decidió hacerse cargo del lugar y transformarlo en un bar literario. La hija de Francisco, pasó su infancia entre el colegio y los libros, que la atraparon hasta disuadirla de su profesión de arquitecta. Además de ser la mentora de este lugar y conducir un programa en radio nacional: “Leer es un placer”; fue condecorada por la Embajada de España en Buenos Aires, enfrentó una larga enfermedad y falleció a los 79 años, pero nunca abandonó su sueño.
Hoy el bar es un espacio cultural abierto, que convoca artistas, escritores y filósofos, ofreciendo una gran variedad de shows, charlas y talleres de narrativa. Se encuentra ubicado en la Avenida Callao esquina Córdoba, rodeado por edificios, oficinas, algunas tiendas y otros bares cercanos. Recibe una gran afluencia de autos y transeúntes que circulan a diario, pero tiene sus favoritos. Hay quienes eligen sus menús intelectuales, mezcla de literatura y gastronomía, deleitándose con sus desayunos o meriendas especiales. Su fachada es amplia, señorial, con un gran ventanal que deja ver las mesas, y una puerta enmarcada en madera con manijas de bronce de herrería antigua. En su techo un toldo blanco abierto solo en parte, da sombra a las mesas y a quienes por allí circulan. Muchos peatones se detienen frente al bar, para leer un cartel en forma de pizarra a dos aguas, plantado en la vereda. El mismo deja ver dos frases poéticas firmadas por sus autoras, una de cada lado, ambas acompañadas por los descuentos promocionales que ofrece el sitio. De un lado se lee: “Soy lo que no me han dicho y he sabido (Silvina Ocampo)” y del otro lado: ”Vivir no es otra cosa que arder en preguntas (Antonin Artaud)”. Debajo de estas frases escritas en tiza hay descuentos del mes de la madre y una promoción en cuotas con tarjeta.
Sobre la puerta un par de afiches con menús a la vista ofrecen distintas variedades, uno de ellos sugiere: “Mesa de mujeres 30% off”. En su parte superior, el logo de discapacidad para no videntes sorprende con la frase: “Contamos con un menú en braille”. Más abajo un cartelito deja ver el logo: “Prohibido fumar”. Sobre la pared, hay una pequeña vidriera de libros a modo de stand enmarcada en color rosa, con literatura variada tales como: ensayos de filosofía, política internacional y poesía. Arriba de esta, una placa deja leer: “Clásica y Moderna, declarado de interés cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 2013”. En la parte superior del ventanal o vidriera del bar, dispuestos en fila horizontalmente, una invitación a ver: “Opus Cuatro”, “Facundo Ramírez”, “Esteban Buttice” y otros shows. Más abajo uno de cada lado, dos afiches en blanco y negro, invitando a desayunar o a merendar por un lado, y por el otro a disfrutar el menú ejecutivo que integra: plato principal, entrada, postre y café. En tonos grises en el extremo inferior del ventanal, la marca registrada “Clásica y Moderna”.
Al ingresar puede verse un espacio amplio, elegante y cálido a la vez, que invita al encuentro. La arquitectura que puede apreciarse es de tipo colonial, con ladrillo a la vista en sus paredes y suelo. Hacia el fondo escalera arriba los baños, y próximo a la cocina destacándose, la librería. Las mesas satinadas en negro se distinguen de las sillas de un tono más claro, ambas de madera y dispuestas en forma planificada. Algunas hacia el ventanal, otras encolumnadas hacia el fondo del bar y contra la pared. Una división en madera y ladrillos divide los espacios entre las mesas centrales. Algunas de ellas de diseño redondo, cubiertas por un mantel rojo, sobresalen del resto. Las luces blancas proyectadas hacia las paredes de ladrillo refleja en las mesas un color rojizo. Completan el lugar unas columnas circulares utilizadas como promoción para los shows, con afiches estampados en su base. Hacia el final del salón la puerta vaivén de la cocina da lugar al paso de entrada y salida de los mozos y del encargado del lugar. Junto a la misma, acompañada por unos bancos de madera, se encuentra la barra de tragos. Cercano a ésta y a las primeras mesas que dan a la calle, otra pequeña vidriera de libros, junto a un atril y un piano de cola cubierto con una tela negra, complementan la escena. Sobre el extremo superior del bar se observa el techo abierto con spots y otros elementos de iluminación.
Próximo al ingreso y sobre un pilar del mismo, se alcanza a leer la firma del arquitecto del lugar: “Ricardo Plant 88”, dato que corroboraría el encargado del bar apodado Gastón. El joven quien saca lustre a las copas de la barra, comienza su relato: “En el año 88 se inauguró el bar, antes era todo librería, durante los años 60 y 70. A partir del 88 para adelante se transformó en lo que es hoy”. También aclara en relación a su mentora, “Natu Poblet”, precursora y alma mater del lugar, fallecida en junio de este año, que su marido se halla a cargo en este momento. Y agrega que cuando ella vino de España hace muchos años, trajo a sus padres y a sus hermanos.
Respecto al estilo renovado del bar y los shows artísticos que convoca agrega: “Viene de todo, salvo música de la de ahora… Hay mucho tango, bossa nova, folklore y hoy por ejemplo, tenemos a Facundo Ramírez”. Así mismo, sobre la puesta en escena acota: “No es siempre igual la forma en que el salón está armado. Cuando hay jazz se organiza más cerca de la vidriera, hacia la calle”.
Por otra parte en cuanto a los talleres de literatura que allí se ofrecen el de Luis Alberto Battaglia predomina del resto. El afiche dice: “Con una pequeña consumición y abonando 100 pesos se puede participar en el taller literario todos los sábados de 10 a 11hs” Uno de los mozos acerca de esto expresa: “Van variando las propuestas, ahora comenzó este taller, en octubre, pero vamos cambiando”, y agrega: “Cada taller dura un mes aproximadamente”.

La gastronomía es un tema aparte. El olor de la manteca y la pastelería envuelven el salón e invitan a la ocasión y al deleite. La carta de menú es clásica, de tapas duras y sobrias. En el revés de su tapa, hay una imagen que se repite en algunos afiches de la puerta y la librería: una fotografía del lugar, de su vieja fachada, a modo de dibujo en crayón que alude a la referencia histórica del bar. Los platos ofrecen menús variados según el momento: desayuno, merienda o cena. En pastelería se destacan algunas delicias promocionales tales como las tostadas francesas típicas del lugar, con jugo de naranja exprimido y un café con leche. También Chessecake con capuccino y jugo de naranja, o los infaltables Strudel de manzana y Marquise de chocolate. Para la cena, en cambio se ofrece: Ojo de bife, la ensalada asiática especial del lugar y algunas entradas como: la picada Umberto Eco, la tabla de embutidos, revuelto Gramajo o tabla de quesos. Al consultar con uno de los mozos llamado Jonathan recomienda: “Tenemos muchas variedades como la tortilla Mancheda, pesca del día, o ensalada César que tienen mucha aceptación”.
Por último, luego de saborear uno de las confituras de la tarde, llega el momento de apreciar los libros. Hacia el fondo, esperando el encuentro con su público de costumbre, o quizás para quienes la visitan como una curiosidad, se encuentra enmarcada en color rosa, al igual que la fachada, la antigua librería. Un desnivel a su ingreso, un reloj pendular de madera y una foto de Cortázar debajo de esta, reciben al lector. El lugar huele a madera. Los pisos y la escalera que separa ambos ambientes: inferior y superior, también lo son. Los stands muestran libros de toda clase, pero con preponderancia de sociopolítica, filosofía, poesía y ensayos narrativos. La vendedora parece elegida, con su vestido clásico y original, y se encuentra sentada fente a una vieja computadora. Su nombre es Malena, 23 años, de Capital Federal. Hablar con ella genera una curiosidad obligada. Comenzó a trabajar hace solo tres sábados. Cuenta que la librería cumplió cerca de 75 años en el 2013. Haciendo referencia a la historia del lugar y a su mentora expresa:
“El lugar data de aproximadamente 80 años. Una de las grandes libreras de acá fue Natu Poblet, que falleció hace algunos meses. Ella movió mucha literatura y poesía. Era un lugar de encuentro de grandes escritores como Piglia, por ejemplo… Es todo lo que aglutinó Natu Poblet como centro de una red afectiva y literaria… Tenía un programa de radio, sino me equivoco, y hay entrevistas en YouTube que le hizo a otras personas…Hay una muy linda con Gabriela Cabezón Cámara”.
En relación a la diferencia de sectores y al estilo de libros aduce: “Se divide en literatura abajo, y filosofía, historia y sociología arriba, del mundo y de Argentina”.
Acerca de las presentaciones artísticas y la cualidad que distingue al lugar refiere que la diferencia lo da el servicio de poder cenar con un espectáculo. En relación a esto explica: “Hay shows de tango o jazz que van cambiando, los días viernes y sábados…Yo creo que la idea es un producto de cultura pero entre los libros: una fusión”. Luego anexa: “El bar es un poco eso, la cultura pasa mucho por él. No hay por ejemplo un escritor argentino que no tenga una historia ligada a un bar”.
Al preguntarle sobre escritores o personalidades reconocidas que visitaron este sitio, algo pensativa, aclara: “No sé bien quienes frecuentaron el bar, pero de hecho Fabián Casas, un escritor argentino actual que se está leyendo mucho, tiene un libro que se llama: “Diarios de la edad del pavo”, donde cuenta que él trabajaba acá de joven y ahora es escritor…”Malena se aproxima para mostrar al libro y su autor, y ofrece hojearlo para cotejar lo dicho.
Después de esa instancia, llegan las preguntas finales sobre el tipo de público que visita el lugar y sobre su afluencia. Ella acota que en general hay mayor circulación los días de semana. Hace una pausa para mirar algo en la computadora, y luego concluye: “Creo que esta librería tiene un público muy culto. No es de reliquias como otras especializadas en eso, sino de libros que circulan por todas las editoriales, aunque no suelen pedir el best seller de Isabel Allende, por ejemplo. Se nota que la persona que viene acá es leída…El otro día, se acercó una mamá con dos chicos, que tendrían 12 y 15 años respectivamente. Uno de ellos se llevó un libro de Wittgenstein, y el otro de Adorno Horkheimer. Que estos chicos se lleven esos libros, hablan de un nivel de cultura muy grande”.
Finalmente y luego de la charla Malena pide una foto. Hace muy poco empezó a trabajar allí pero su imagen se mimetiza con el lugar, quizás como si hubiese sido siempre parte del mismo, o tal vez como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante. No hay dudas que Clásica y Moderna guarda el encanto de su historia.